UNA MUJER LES REGALÓ UNA CAJA DE GALLETAS A ESTOS PILOTOS. SE LAS COMÍAN FELICES HASTA QUE LEYERON LA NOTA QUE LAS ACOMPAÑABA Y QUEDARON DESTROZADOS

Un generoso piloto le da a un niño un regalo inolvidable


Los pilotos no tienen un trabajo fácil. Todos los días, personas de todo el mundo ponen sus vidas en manos de hombres y mujeres que controlan los aviones que los transportan por todo el globo. Mientras que a todas las personas les preocupa que el vuelo llegue a tiempo, estos profesionales están mucho más concentrados en que todos alcancen su destino sanos y salvos.


Sin embargo, esta historia no trata sobre el profesionalismo de todos ellos, sino de la gran bondad de algunos. Un piloto llamado Chad compartió esta increíble historia que ha conmovido muchos corazones alrededor del mundo:

"Algunas veces, los regalos más importantes son involuntarios. Abordé la nave para revisar los mecanismos en fase de preparación para mi último vuelo del día, un pequeño salto de Atlanta a Macon. Eran las 7.30 p. m. de la víspera de Navidad, pero en lugar de clavarle el tenedor al pavo de mi mamá, estaría muy ocupado transportando a otras personas para que se reunieran con sus familias.

Más allá de los murmullos de los pasajeros, escuché un susurro detrás de mí. Miré de reojo. Justo en la puerta de la cabina de pilotos había un niño de unos nueve años, con una expresión muy natural, mirando fijamente el tablero de controles. Cuando lo vi, se dio media vuelta. 'Espera', lo llamé. 'Ven aquí'.

Yo tenía más o menos la misma edad cuando vi por primera vez el panel de controles de un avión, el cual brillaba como un árbol de Navidad. Apenas si logré esperar hasta el día de recibir mis alas de piloto. Pero ahora tenía 24 años y era el primer oficial de una aerolínea doméstica. Me preguntaba si había tomado la decisión correcta. Estaba pasando mi primera Nochevieja fuera de casa, ¿y qué ganaba con eso? ¿Qué era lo que me distinguía de los demás? ¿Por qué mi trabajo era especial? ¿Solo acarreaba gente de una ciudad a otra?

El niño entró con cuidado a la cabina. 'Me llamo Chad', le dije, extendiendo la mano para saludarlo. Con una tímida sonrisa me dio la mano. 'Yo soy Sam'. Se giró hacia el asiento vacío que había a mi lado. '¿Es para el capitán?'.

'Sí, claro. Es donde se sienta el capitán Jim'. Le di una palmada a la desgastada tapicería. '¿Te gustaría sentarte ahí?'.

Sam me miró con unos grandes ojos que se asomaban debajo de su gorra. 'No sé... Quiero decir... Bueno, ¿si no hay ningún problema?'. Bajé el asiento para que pudiera sentarse. Al capitán le encanta explicarles a los niños cómo funcionan algunos aparatos del avión, ¿pero qué pensaría si alguien más se sentara en su asiento? Bueno, era Navidad. Supuse que no habría ningún problema.

Le eché un vistazo a las maletas de ruedas que estaban subiendo al avión, pensaba en los regalos que no podría darles a mis padres ni a mis amigos esa Navidad. Sam me dijo que él y su familia habían volado desde Memphis. Revisé mi reloj. El capitán regresaría en cualquier momento, pero Sam se veía tan emocionado que no me atreví a interrumpir ese momento de alegría. Revisé el panel una vez más diciéndole a Sam para qué servía cada uno de los botones y palancas.

Finalmente, el capitán hizo su aparición. '¿Qué tal, compañero?', saludó a Sam con una gran sonrisa. 'Sabes, hijo -canturreó- no me molesta que te quedes con nosotros un rato si me dejas que me siente ahí'. Sam le dejó el asiento al capitán, y yo llevé a cabo las presentaciones.

Empezamos a preparar el despegue. Pensé que el capitán enviaría a Sam a su lugar, pero el niño seguía mirando sobre mi hombro cuando el agente de rampa llamó por radio para preguntar si estábamos listos para encender el primer motor de la secuencia inicial, número cuatro.

Le remití la pregunta al capitán, quien estaba revisando los reportes del clima. 'Tengo que seguir con esto', dijo. 'Chicos, ustedes dos sigan adelante y preparen todo'.

'Está bien. Hay que empezar...', dije al tiempo que encendía los botones. Después hice una comprobación. '¿Dijo "chicos, ustedes dos"?'.

'Sí, continúen'.

Miré al capitán y después regresé al panel de controles. 'Correcto'. Le eché un vistazo a la señal roja parpadeante que indica el inicio.

Después volteé a ver a mi nuevo asistente.

'¿Alguna vez has arrancado un avión, Sam?'.

Con los ojos muy grandes, negó con la cabeza. Siguiendo mis instrucciones, Sam encendió un botón del panel, que a su vez activó los iniciadores. Después presionó otro botón tan grande como su mano para encender el motor. Por último, con dos manos subió la palanca para introducir el combustible. La turbina cobró vida.

Sam se alejó lentamente de la palanca y dio un paso atrás, sorprendido. Acababa de poner un avión en marcha de una línea de pasajeros como cualquier otra. No estoy seguro si yo me lo hubiera creído a esa edad. Le di las gracias a Sam por habernos ayudado.

'No, gracias a usted, señor', dijo Sam. '¡Fue fantástico!'.



Mientras se dirigía a la puerta de la cabina, el avión resonó con el sonido del motor que él había encendido. 'Que tengas una feliz Navidad, hijo, ¿escuchaste eso?', dijo el capitán.

Parecía que Sam estaba a punto de llorar de felicidad.

'La tendré, la tendré. ¡Gracias! Le echó un último vistazo al techo de la cabina y caminó hacia el pasillo. Nosotros encendimos los demás motores, despegamos y llegamos a Macon unos 40 minutos después.

A otro día muy temprano, el día de Navidad, cuando entramos a la cabina para dirigirnos a Atlanta, uno de los agentes de la entrada se asomó y dijo: 'Hey, chicos, la madre de un niño vino esta mañana. Quería asegurarse de que yo les diera las gracias por mostrarle a su hijo los controles ayer en la noche. Dijo que él no podía dejar de hablar sobre la cabina. Me dejó esto para ustedes'.

El agente de la puerta puso una lata roja en el centro del panel.

'Bien, veamos', dijo el capitán, y mordió una de las galletas de chocolate de la lata. Después abrió la nota que estaba pegada a la lata y la leyó en silencio.

La miró detenidamente y volteó a verme. 'El niño tiene cáncer', me dijo, y leyó la nota en voz alta:

Estimados señores,
Gracias por permitirle a Sam ver cómo trabajan. Sam padece cáncer y tiene que recibir quimioterapia en Memphis. Esta es la primera vez que ha estado en casa desde que empezó su tratamiento. Lo llevamos al hospital en coche, pero como le encantan los aviones, decidimos volar a casa de regreso. No estoy segura de que algún día tome un avión nuevamente.


Su médico dijo que a Sam solo le quedan algunos meses de vida. Sam siempre ha soñado con ser piloto de aviones. El vuelo que tomamos de Memphis a Atlanta fue muy emocionante para él. No sabía que volar en sus 'pequeños' aviones  podía ser tan divertido, pero ustedes dos, caballeros, le dieron el regalo más maravilloso de Navidad que jamás haya recibido. Durante algunos minutos su sueño se hizo realidad gracias a ustedes.

Los rayos del sol se reflejaban en la pista que teníamos delante. Cuando volteé a ver a Jim, él seguía viendo la nota. Una auxiliar de vuelo vino a la cabina y dijo que los pasajeros estaban listos para el despegue. Se llevó algunas galletas, y nosotros revisamos la lista de control. El capitán Jim carraspeó un poco y dijo en voz alta: 'Iniciando número cuatro'.

Yo quería estar en casa con mis seres queridos y entregarles sus regalos de Navidad, pero el pequeño me enseñó que, algunas veces, los regalos más importantes los damos sin darnos cuenta y que los más valiosos los recibimos de gente desconocida".

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