EL JUEZ LE PIDE AL NIÑO QUE DESCRIBE LA RELACIÓN QUE TIENE CON SU PROFESOR. CUANDO LLORA, TODOS QUEDAN EN SILENCIO


Javier Castellano parecía tener la vida perfecta. Había nacido en Córdoba, Argentina, y tras estudiar Diseño y Fotografía se mudó a Barcelona. Tenía trabajos espectaculares, ganaba bien, viajaba por distintos países. Pero había algo que, en su interior, le decía que lo que quería hacer era muy distinto a aquello… es por eso que a los 34 años tomó sus maletas y viajó de vuelta a Argentina, compró un campo de 11 hectáreas en el lugar en donde iba a vacacionar con su familia durante los veranos y se construyó una casa de piedra en un pueblito de tan solo 50 habitantes, “Los Algarrobos”. No lo sabía aún, pero en ese tranquilo lugar a los pies de la sierra es donde empezaría la aventura más grande de su vida…
Como no conocía a nadie, se acercó a la escuelita rural, en donde solo había 16 alumnos y una única profesora que impartía todas las materias y trabajaba también de directora. Independiente de la edad, todos los niños estaban en la misma clase y provenían de familias, en su mayoría, analfabetas. "Cuando llegué vi que el gobierno les había mandado unas computadoras pero que nadie sabía usarlas, ni los chicos ni la maestra. Entonces les dije 'bueno, no se preocupen, yo puedo venir a enseñarles, no necesito que me paguen”, relata Javier.

Y fue allí, mientras trabajaba de profesor de computación junto a los niños, que conoció a Gabriel. En ese entonces Gabriel tenía solo 5 años y había tenido una vida durísima. Vivía solo con su abuela Adela en una pequeña pieza con suelo de tierra y sin electricidad ni agua. Sus padres lo habían dejado bajo su tutela a los 20 días de haber nacido, porque no tenían los medios para cuidarlo y la madre padecía un problema mental.


Aunque Adela era una mujer que había vivido siempre en el campo, estaba segura de que Gabriel necesitaba ir a la escuela. Javier, impresionado por la historia de esta valiente y trabajadora abuela, se hizo muy cercano a la familia. Ya parecía un miembro más de ella, "Venía a mi casa, yo lo iba a visitar, le llevaba regalos para el cumpleaños, a él nunca le habían festejado un cumpleaños. Todo se fue dando naturalmente. Cuando yo lo conocí era un nene del campo, casi en estado salvaje. Cuando veía gente se escondía. Y sin embargo, él tenía algo diferente, había padecido cosas muy feas pero era un chico totalmente alegre, de esos chicos que te muestran que la alegría es una cuestión del espíritu”.

Pero al poco tiempo, Adela enfermó de cáncer. A pesar de sus idas y venidas a Córdoba para la quimioterapia, murió, y Gabriel se quedó completamente solo. Hubo comités que se reunieron para decidir cuál sería el futuro del niño que ahora que ya no tenía tutor. Al ver que nadie se ofrecía a hacerse cargo de Gabriel, Javier dijo con seguridad: "Yo, yo me hago cargo. No se puede ir de acá. Éste es su lugar, ésta es su escuela".


A pesar de que Gabriel y Javier no tenían ningún vínculo biológico, todos eran testigos de la estrecha relación que ellos mantenían. La decisión estaba tomada: Javier recibió la tutela de Gabriel por dos años, inicialmente, pero luego se la renovaron por uno más. El niño adoptó también a la familia de Javier como la suya. Pero la ley era clara: apenas se acabara la tutela, Gabriel debía buscar una nueva familia. La ley Argentina no permite que los guardas adopten a los niños bajo su cuidado, así que cuando la tutela legal terminó, y Gabriel tenía 11 años, todo pareció venirse abajo.

La única opción era presentar el caso ante un juez y esperar a que él los escuchara. En el juicio estuvieron presentes los padres biológicos del niño, quienes accedieron a que fuera Javier quien siguiera cuidando de él. Pero el momento más emotivo fue cuando Gabriel mismo dio su declaración. Entre llantos explicaba cómo no quería separarse de su "papá-profe" que había llegado de la nada a vivir al pueblo, pero que le había abierto un mundo de oportunidades y que lo había cuidado como de si un hijo suyo se tratara.


El juez se tomó un momento para tomar la decisión, y cuando la comunicó dejó a todos en llanto: Javier podría adoptar a Gabriel y criarlo sin problemas. La sentencia es completamente inédita, y el juez se basó en el daño psicológico que le generaría a Gabriel el volver a ser separado de su actual familia.

Y así es como, en un tranquilo sector rural en medio de la sierra argentina, Javier se topó con la aventura más grande de su vida: convertirse en padre de un hijo que no concibió, pero que escogió tener. Los desafíos que les aguardan son, quizás, más grandes de lo que aún pueden imaginarse. Sin embargo, ambos saben que el hilo que los une ya es irrompible, y que gracias a eso pueden enfrentarlos juntos, de la mano.

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